Suiza frena a la derecha populista y rechaza un tope migratorio de 10 millones

Imagen: El País
Los votantes suizos rechazaron en referéndum la propuesta de fijar un tope de 10 millones de habitantes, un golpe directo a la derecha populista que quería endurecer el freno migratorio. El resultado mantiene intacto el modelo de crecimiento del país, sustentado en buena parte por mano de obra extranjera.
Suiza le cerró la puerta a la derecha populista que buscaba imponer un límite rígido de 10 millones de habitantes y, con ello, frenar el avance de una inmigración que en las últimas décadas ha sido uno de los motores de su economía. En el referéndum, la mayoría de los votantes optó por no convertir el crecimiento demográfico en una amenaza política, un mensaje claro en un país donde el debate sobre identidad, presión sobre los servicios públicos y acceso a la vivienda se ha intensificado al ritmo de la llegada de nuevos residentes.
La iniciativa pretendía responder a una preocupación que la extrema derecha ha sabido explotar con eficacia: que Suiza crece demasiado rápido y que ese aumento pone bajo tensión al transporte, la vivienda, la sanidad y las escuelas. Pero el núcleo del planteamiento iba más allá de la administración del crecimiento. En la práctica, el objetivo era restringir la inmigración, alimentada sobre todo por ciudadanos de la Unión Europea que se desplazan al país por trabajo, salarios más altos y estabilidad institucional. La propuesta encontró respaldo en sectores que asocian la llegada de extranjeros con la pérdida de control sobre el mercado laboral y el encarecimiento de la vida, pero no logró convencer a una mayoría suficiente.
El rechazo no es menor. Suiza ha construido parte de su prosperidad moderna sobre una economía abierta, altamente dependiente de trabajadores cualificados y de la circulación de personas con el entorno europeo. Esa relación, sin embargo, convive con una tensión política persistente: el país no pertenece a la UE, pero necesita de su mano de obra; defiende su soberanía, pero negocia de manera constante con Bruselas para sostener su competitividad. Por eso este referéndum no solo midió el humor del electorado frente a la inmigración, sino también hasta qué punto la sociedad suiza está dispuesta a sacrificar dinamismo económico en nombre de un control demográfico más estricto. El resultado sugiere que, al menos por ahora, pesa más la prudencia que el impulso de cierre.
La lectura para Europa también es relevante. En momentos en que varios gobiernos del continente endurecen su discurso migratorio y los partidos nacionalistas intentan capitalizar la ansiedad por el costo de la vida, Suiza envía una señal distinta: la población puede reconocer las tensiones asociadas al crecimiento, pero no necesariamente avala respuestas drásticas que comprometan el funcionamiento del país. Para la gente común, el debate no es abstracto. Se traduce en empleos que dependen de trabajadores extranjeros, en alquileres que suben, en sistemas públicos que deben expandirse y en la pregunta de fondo que atraviesa a buena parte de Occidente: cómo seguir creciendo sin convertir la inmigración en chivo expiatorio de problemas que también nacen de la falta de planificación urbana, de la presión sobre el mercado inmobiliario y de las desigualdades internas.



