Política

Ganado, cultivos y fuego controlado: el giro que redefine la lucha contra los incendios

Hace 3 horas
Ganado, cultivos y fuego controlado: el giro que redefine la lucha contra los incendios

Imagen: El País

Frente a incendios cada vez más virulentos, gana espacio una idea incómoda para la política forestal clásica: volver a usar el campo como cortafuegos vivo. Ganado, cultivos tradicionales y fuego controlado están entrando en la conversación como parte de la defensa.

Los incendios forestales más destructivos están obligando a replantear una premisa básica de la gestión del territorio: no todo se apaga solo con más medios de extinción. En distintas zonas de España y del sur de Europa, según explicó El País, están ganando terreno estrategias que recuperan usos agrícolas y ganaderos para frenar el avance del fuego, desde rebaños que limpian la vegetación hasta olivares, mosaicos de cultivo y quemas controladas en áreas muy delimitadas. La lógica es simple y poderosa: donde hay menos combustible, el incendio encuentra menos alimento y avanza con menos violencia.

La propuesta no se basa en nostalgia rural, aunque tenga algo de eso, sino en una lectura práctica del paisaje. El abandono del campo durante décadas ha dejado enormes masas continuas de monte, matorral y pinaza que actúan como una autopista para el fuego. Frente a ese escenario, el pastoreo extensivo vuelve a aparecer como una herramienta de prevención barata y eficaz; también la agricultura tradicional, que fragmenta el territorio y corta la continuidad de la vegetación. En paralelo, algunos expertos y administraciones estudian dejar arder de forma controlada pequeños focos en zonas concretas, una medida conocida en el mundo técnico como fuego técnico o quema prescrita, siempre bajo condiciones meteorológicas y de seguridad muy estrictas. No es una rendición ante el incendio, sino un intento de quitarle intensidad antes de que llegue el gran desastre.

El cambio de enfoque importa porque los incendios ya no son solo un problema estacional: son una expresión directa de la crisis climática, del despoblamiento rural y de un modelo de gestión que durante años priorizó apagar antes que prevenir. En veranos cada vez más secos, calurosos y largos, los equipos de extinción pueden quedarse sin margen cuando el fuego entra en comportamiento extremo. Ahí es donde estas estrategias de paisaje se vuelven decisivas. No sustituyen a los bomberos ni a los medios aéreos, pero sí pueden reducir la probabilidad de que una chispa se convierta en catástrofe. Y eso tiene consecuencias muy concretas para la gente que vive en zonas rurales, para los agricultores que ven amenazados sus cultivos y para las ciudades que cada vez dependen más de la salud del entorno que las rodea.

En el fondo, el debate ya no es solo cómo apagar incendios, sino cómo evitar que el territorio los fabrique. Esa es la gran discusión que se abre detrás de estas iniciativas: si queremos un paisaje capaz de convivir con el fuego, habrá que aceptar que la prevención también se hace con ovejas, con olivos, con barbechos y, en algunos casos, con llamas pequeñas y controladas antes de que lleguen las grandes. Es una respuesta menos espectacular que un helicóptero sobrevolando un frente de llamas, pero probablemente mucho más útil a largo plazo.

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