Xi pide una relación “sana” con EE. UU. y envía una señal de pragmatismo
Imagen: El País
Xi Jinping volvió a tender la mano a Washington al pedir una relación “sana” entre China y Estados Unidos, en un mensaje que busca contener la escalada de tensiones entre las dos mayores economías del mundo. El gesto llega en un momento en que ambos países dependen mutuamente, pero compiten cada vez con más dureza.
Xi Jinping aprovechó el arranque de su encuentro con Estados Unidos para insistir en que la relación bilateral debe volver a un cauce “sano”, una fórmula que en la diplomacia china suele combinar advertencia y pragmatismo. El mensaje, según informó El País, llega en un momento en que Pekín intenta evitar que la rivalidad con Washington derive en un choque más amplio que golpee el comercio, la tecnología y la estabilidad financiera global. Al subrayar que los intereses de ambos países están profundamente entrelazados, el mandatario chino envió una señal clara: China no quiere una ruptura, pero tampoco está dispuesta a negociar desde la debilidad.
La importancia de esta declaración va mucho más allá del lenguaje diplomático. Estados Unidos y China siguen siendo las dos potencias que más influyen en la economía mundial, y cualquier deterioro en su relación tiene efectos inmediatos sobre las cadenas de suministro, los precios de bienes tecnológicos, la inversión internacional y los mercados. En los últimos años, la disputa entre ambos se ha intensificado por los chips, la inteligencia artificial, las restricciones comerciales, el control de exportaciones y las tensiones en torno a Taiwán, además de los desacuerdos por derechos humanos y seguridad regional. Por eso, cuando Xi habla de una relación “sana”, no está pidiendo amistad: está tratando de fijar límites a la confrontación sin renunciar a la competencia estratégica.
La clave de este tipo de cumbres está en si producen señales verificables o se quedan en fórmulas diplomáticas cuidadosamente calibradas. En Washington, cualquier acercamiento con Pekín suele leerse con cautela, porque la presión interna para mostrarse firme frente a China sigue siendo alta, tanto entre republicanos como entre demócratas. En China ocurre algo parecido: el liderazgo quiere evitar la imagen de concesión frente a Estados Unidos, especialmente en un contexto de desaceleración económica interna y de búsqueda de estabilidad para atraer inversión. En ese equilibrio delicado, ambos gobiernos parecen reconocer que pueden rivalizar durante años, pero no pueden permitirse una ruptura total sin pagar un costo demasiado alto.
Para la gente común, la disputa entre Pekín y Washington puede parecer lejana, pero se siente en el precio de los productos electrónicos, en la volatilidad de los mercados y en las decisiones de empresas que fabrican, venden o invierten a ambos lados del Pacífico. Si esta cumbre logra desactivar parte de la tensión, el alivio será más económico que político. Si fracasa, el mundo seguirá entrando en una etapa de competencia dura entre las dos potencias, con menos espacio para acuerdos y más riesgos para el comercio global.



