Por qué un terremoto puede sentirse eterno aunque haya durado pocos segundos

Imagen: BBC Mundo
La sensación de que un terremoto dura más de lo que marcan los registros no es solo percepción: intervienen la magnitud, el tipo de suelo y la forma en que están construidos los edificios. En Colombia, entender esa diferencia ayuda a leer mejor el riesgo sísmico real.
Cuando tiembla, el reloj interno de la gente suele fallar. Muchas personas sienten que un sismo se prolongó por largos minutos, pero la duración real puede ser mucho menor: la magnitud del evento, la composición del suelo y hasta el diseño de los edificios influyen en cómo se percibe el movimiento. Esa diferencia entre lo que marca la ciencia y lo que recuerda el cuerpo no es un detalle menor; en países sísmicos como Colombia, puede cambiar la forma en que la población interpreta la emergencia y se prepara para la siguiente.
De acuerdo con BBC Mundo, la duración de un terremoto no se mide por la impresión que deja en quienes lo viven, sino por parámetros técnicos que registran cuánto tiempo se mantienen las ondas sísmicas en movimiento en una zona determinada. En la práctica, un sismo puede sentirse más largo en superficies blandas, donde el suelo amplifica las vibraciones, o en edificios que oscilan con mayor intensidad. También influye la distancia al epicentro: no es lo mismo estar muy cerca del origen del temblor que recibir ondas ya atenuadas o, por el contrario, prolongadas por las condiciones del terreno. Por eso dos personas en la misma ciudad pueden describir experiencias distintas aun si el evento fue el mismo.
El punto clave es que la percepción humana no siempre coincide con la medición instrumental. Y eso importa porque en Colombia, un país atravesado por fallas geológicas y con ciudades densamente pobladas, la diferencia entre sentir y medir puede tener consecuencias en la respuesta ciudadana. Si un sismo parece interminable, el miedo se multiplica, se corre más fácilmente hacia salidas inseguras y se alimentan rumores sobre la magnitud del desastre. En cambio, entender que la duración percibida depende de factores físicos concretos ayuda a interpretar mejor las alertas oficiales y a valorar por qué algunos territorios resultan más vulnerables que otros. No es solo una cuestión académica: es una pieza más de la educación sísmica que falta en buena parte del país.
La discusión sobre cuánto “dura” un terremoto también deja una lección de fondo: la experiencia de un temblor no se explica solo por su intensidad, sino por el entorno en el que ocurre. Suelo, infraestructura y distancia forman parte del mismo fenómeno. Y en una región donde cada sismo reabre la conversación sobre prevención, reforzamiento estructural y cultura del riesgo, distinguir entre percepción y realidad es una herramienta de seguridad pública, no una curiosidad científica.
